Curar por dentro: la embolización

Llevo años haciendo esto y papi todavía dice que lo único que yo hago es leer plaquitas.
No lo culpo. La radiología vascular e intervencional es una especialidad joven, y casi nadie sabe lo que hacemos hasta que le toca. Así que vamos a hablar claro.
En el último año, más de cien mujeres boricuas trataron sus fibromas y se fueron para su casa con su matriz. Docenas de hombres volvieron a orinar bien sin un raspe de próstata. Y a varios tumores malignos les cortamos el flujo que los alimenta.
Pasó aquí, en nuestra islita. Sin hospitalización. Sin anestesia general. Con una embolización.
Fibromas. Próstata agrandada. Hemorroides que sangran. Varicocele. Rodillas con artritis que ya no aguantan. Algunos tumores de hígado y riñón. Y esos son solo algunos. Son condiciones distintas, en partes distintas del cuerpo, que se atienden en oficinas distintas. Pero todas tienen algo en común: se sostienen con sangre. Cada una tiene su tubería.
Una embolización es cerrar esa tubería. Bajarle el flujo. Eso es todo.

Y eso no es un daño ni un efecto secundario: ese es el tratamiento completo. No se cierra de más, solo el vaso que alimenta el problema. Sin ese flujo, el fibroma se achica, la próstata se reduce y el sangrado para. El órgano se queda donde está, intacto y vivo.
Llegamos por un rotito en la muñeca o en la ingle. Desde ahí un catéter más fino que un espagueti va viajando por dentro del cuerpo, siguiendo el mapa de los vasos, hasta llegar al que hay que cerrar. No hay corte. No hay que abrir nada.
Y si más adelante hiciera falta operar, el órgano sigue ahí. Muchas veces hasta más fácil para el cirujano y con menos riesgo para el paciente. Ese siempre ha sido el orden que tiene sentido en medicina: lo conservador primero, lo menos invasivo después, y la cirugía cuando toca.
Nada de esto es un invento de ahora. El primer caso fue en 1972. Un hombre se desangraba por dentro, no aguantaba una cirugía, y a alguien se le ocurrió entrar por una arteria, cerrarla, y parar la hemorragia sin abrirlo.
Vivió.
Por años eso fue lo único para lo que se usó. Emergencias, balazos, hemorragias de parto, gente que se moría más rápido de lo que daba tiempo a llevarla al quirófano. Hasta que alguien hizo la pregunta obvia: si esto salva a alguien que se está desangrando, ¿por qué no usarlo para lo que la gente aguanta por años?
Medio siglo después, esa pregunta es la base de una especialidad completa. La embolización está escrita en las guías de ginecología, urología y oncología. Y aquí en la isla se hace todos los días.
Lo único que no ha cambiado desde 1972 es que casi nadie sabe que existe.
